Escritografía de la semana

(17/11/2021 a 23/11/2021)

Herminia y los Sensaciocanes

—¿Por qué siempre vas con perros rotos? —preguntó con naturalidad aquel crío con voz alta y aguda.

Casi inmediatamente, una madre con el rostro enrojecido comenzó a deshacerse en titubeantes disculpas mientras reprendía a su hijo. Gema trató de calmarla quitando importancia al comentario con la mejor de sus sonrisas. Luego se puso de cuclillas hasta igualar su altura con la del pequeño y la del viejo Falcon. Mientras le colocaba el flequillo hacia un lado con delicadeza, se dirigió a él con voz dulce y casi susurrante, como si fuera un secreto que su madre no debía conocer.

—Verás, Falcon no está roto, en realidad es un superhéroe. Le falta algo, pero a cambio tienen cosas especiales que los demás no tienen.

El niño, que había escuchado casi sin parpadear, le preguntó cuál era el superpoder de Falcon. Gema sonrió y, tras mantener la intriga unos segundos, le susurró:

—Como Falcon solo tiene un ojo ve un poco menos que los otros perros, más o menos la mitad, pero gracias a eso ahora su olfato es super poderoso. Es capaz de distinguir a los malos con solo olerlos, pero debes guardar el secreto. Ya sabes que los superhéroes de incógnito no pueden desvelar sus poderes. No querrás que todo el mundo sepa su verdadera identidad cuando tenga que salvar a algún humano, ¿verdad?

El crío pareció reflexionar durante unos segundos mientras acariciaba la cabeza de Falcon con una devoción creciente. Luego asintió lentamente con la cabeza.

—Cada uno de ellos tiene su poder. Si cuando crezcas quieres ser el compañero de alguno, seguro que descubres cuál tiene el tuyo— añadió Gema justo antes de incorporarse. La madre, que había escuchado la conversación a pesar de los susurros, la sonrió con complicidad antes de proseguir su camino. El pequeño no paraba de girarse para mirar a Falcon con admiración mientras se alejaba de mala gana agarrado de una mano que tiraba dulce pero inflexiblemente de él.

Gema contempló cómo se perdían en la distancia. Luego bajó la mirada hacia Falcon y sonrió con dulzura. Le dio la impresión de que él también lo hacía. Era como si los dos sintieran la misma satisfacción por el trabajo bien hecho. Sabían que acababan de sembrar una semilla que quizá germinaría en el futuro. Fue lo que le ocurrió a ella más o menos a la edad de aquel pequeño. Ahora estaba a punto de cumplir veinticinco y, como decía aquel crío, todos los perros de su vida hasta entonces habían estado «rotos». Una predilección que había comenzado hacía ya muchos años por culpa de... una pelota.

Si Quique no le hubiera dado semejante puntapié nunca hubiera tenido que llamar al timbre de aquella vieja valla de piedra. En aquel momento no le hizo ninguna gracia. Quería mucho a su amigo, pero también quería que entendiera la diferencia entre vóley y fútbol. Por más que se lo explicaba, al tercer pase con las manos por encima de aquella cuerda trenzada de color verde oscuro, Quique sufría una extraña posesión futbolística que le impulsaba a darle una patada con todas las fuerzas que le quedaran libres. Y con nueve años siempre suele quedar mucha energía disponible. Mucho después, Gema recordaría aquel remate de Quique como una de las mejores cosas que le habían ocurrido en la vida, pero ese día el dedo le tembló ligeramente al apretar el pequeño pulsador blanco torpemente agarrado a aquel quicio de viejo granito. Y no era solo por el enfado ni por los recientes pases a doble mano. La casa de Quique estaba a varias manzanas de la suya y solo sabía que tras aquella valla solían escucharse ladridos de perros, de muchos perros. No se podía decir que les tuviera miedo, pero tampoco que le encantaran. Eran unos perfectos desconocidos gracias a los excesos de prudencia y pulcritud de sus progenitores respecto a ellos. Su tímida pulsación ya había provocado todo un tsunami de ladridos, golpes y carreras tras una puerta que no tardó mucho en abrirse con un estruendoso chirrido metálico. Tras ella apareció una mujer de unos sesenta años. Era alta, delgada y algo desaliñada, con el pelo ya blanco. Gema apenas se fijó en ella. Sus ojos se abrieron como platos cuando todo un regimiento de los perros más extraños que había visto nunca trataron de abalanzarse sobre ella.

—La pelota ¿verdad? —gritó la mujer entre el escándalo de golpes y ladridos—. Pasa rápido o te quedarás sin ella.

Gema dudó unos segundos, pero entre los atronadores ladridos y las prisas de la mujer, no podía pensar con mucha claridad, así que simplemente entró como pudo apartando con las piernas aquel mar de hocicos fríos. La puerta volvió a chirriar a su espalda hasta cerrarse produciendo un golpe seco y metálico. A su alrededor, un mar de rabos alegres la rodeaba sin dejarla avanzar. Entre pisotón y pisotón también notaba algo extraño en sus pies. Al bajar la vista comprobó como algunos se movían gracias a carritos que sujetaban sus patas traseras y las sustituían por finas ruedas. Se fijara en el que se fijara, a todos les faltaba algo. Le resultó extraño, pero casi sin darse cuenta, la perplejidad y el temor empezaron a diluirse entre aquel torbellino de afecto. Acabó agachada saludando a todos de uno en uno. La mujer la observaba de reojo con una sutil sonrisa mientras recogía cacas del suelo con una pequeña pala y las acumulaba en un ya oxidado cubo metálico de jardín.

El tiempo se volvió extraño, lento. Como si hubiera caído bajo algún hechizo de aquella bruja de larga coleta canosa. Tardaba tanto en aparecer de nuevo por aquella puerta que Quique empezó a llamarla a voces desde la calle. Cuando por fin salió de la casa, ni la pelota ni ella parecían las mismas. No lo supo en ese momento, pero ya mayor recordaba perfectamente aquella sensación. No era muy frecuente. Como si la vida fuera una sucesión de horas, de semanas y meses irrelevantes unidos por breves momentos que lo cambiaban todo. Tras aquella improvisada visita vinieron muchas más. Ayudar a Herminia —así descubrió aquel día que se llamaba la mujer de los perros rotos— se convirtió en parte de su vida. Ni novios, ni viajes, ni estudios, ni redes sociales lograron alejarla de aquel lugar. En realidad nunca le supuso ningún esfuerzo. Era allí, entre ellos, dónde se sentía en casa. Y junto a Herminia, una mujer de pocas pero certeras palabras. Como aquella vez en la que Gema llegó arrastrando los pies, con el corazón revuelto y los ojos brillantes y Herminia la dijo:

—Corre a acariciarlos. No resuelve ningún problema, pero los calma todos.

Y así era. Siempre le parecían pequeños superhéroes. Como si cada cosa que les faltaba fuera compensada por algo muy especial. Algunos incluso llevaban pañales, como los personajes de cómic más legendarios. Cuando conoció a Falcon, aún cachorro, pensó que Herminia compartía con ella esa fantasía de tebeo, pero descubrió divertida que no. Aquel perrillo menudo y color canela (al que acabaría adoptando) era tuerto y Herminia recordaba una serie de la tele sobre hombres ricos y pobres en la que uno de los protagonistas siempre llevaba un parche negro. Se llamaba Falconetti, pero como Herminia siempre andaba con prisas, se quedó con Falcon. A Gema siempre le gustó ese toque humorístico. Según Herminia, la pena te comía las fuerzas. Y en aquella casa hacían falta todas las disponibles. Gema tenía grabadas a fuego algunas de sus cortas frases. Siempre decía que se tardaban segundos en abandonar y años en arreglar. También que el mundo se componía de gente que hacía el mal y de unos pocos que trataban de arreglar sus estropicios. Y que luego estaban los otros: esa buena gente que nunca hacía. Según Herminia, si todos esos hicieran, perderían los malos. Por desgracia nunca llegó a verlo. Murió unos años después, ya mayor, por una pulmonía que se complicó. Gema se encargó de que lo hiciera en paz, sabiendo que ella seguiría en aquella casa, cuidando del refugio secreto de los Sensaciocanes.

 

Texto y foto: Mario del Castillo © 2021/15 Perros, gatos y retratos

Modelo: Sr. Colombo

Código Safe Creative: 2111169836572 / 2108258999966

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"No quiero una foto de ellos, les quiero a ellos en una foto" “I don't want an photo of them, i want to see them in a photo”.  Mario del Castillo Fotografía Perros Gatos y Retratos fotografías de mascotas fotógrafo
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